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viernes, 25 de enero de 2013

RECORDANDO AUTORES


Interview de Monsieur Albert CamusR



SOBRE  CAMUS


La Máscara de Albert Camus (1913-1960) (Fragmento)
Por: Paul de Man (1919-1983)

(...)

En su juventud, Camus jugaba de portero en un equipo de fútbol estudiantil y escribía artículos en la gaceta del club ensalzando el júbilo del triunfo y, con mayor elocuencia, la melancolía de la derrota. El portero de un equipo de fútbol es, hasta cierto punto, una figura especial: lleva una camiseta de distinto color a la de sus compañeros de equipo, tiene el privilegio de poder tocar el balón con las manos, etc. Todo esto le distingue de los demás. Pero a cambio tiene que aceptar severas restricciones: su función es puramente defensiva y protectora, y su mayor gloria es evitar la derrota. Nunca puede ser agente de una verdadera victoria y, aunque puede hacer alarde de estilo y elegancia, pocas veces está en la liza. Es un hombre de momentos estelares, no de esfuerzo continuado. Y no hay espectáculo más triste que el de un portero batido rodando por el césped o levantándose para recoger el balo de la red mientras los atacantes contrarios celebran su triunfo. La melancolía que reina en los Cuadernos recuerda la tristeza juvenil de Camus en el campo de fútbol: demasiado solitario como para unirse a los demás en la línea frontal, pero no lo bastante solitario como para renunciar a formar parte de un equipo, quiso ser el portero de una sociedad que en ese momento sufría una derrota histórica especialmente dolorosa. De alguien que se halla en una situación tan adversa difícilmente se puede esperar que explique con lucidez lo que sucede en el terreno de juego.


Edición e introducción de LINDSAY WATERS
Traducción de JAVIER YAGÜE BOSCH

miércoles, 9 de mayo de 2012

GOTAS DE TINTA

ESCRITO EN LA ARENA

Son sólo un soplo de brisa
el encanto y la belleza;
la más preciada delicia
sólo es gracia pasajera:
pompa de jabón, flor, nube,
infantiles risas frescas,
fuegos de artificio, espejo
donde se ve una doncella
y otras muchas maravillas
que, apenas vistas, se alejan
son sólo perfume y céfiro:
lo sabemos, ¡ay!, con pena;
y, en cambio, no nos cautivan
tanto las cosas eternas:
el duro fulgor del oro,
el gélido de las gemas,
incluso las incontables,
mudas, lejanas estrellas
no hallan , como lo que muere,
el fondo del alma nuestra.
No: la belleza más íntima
la encarnan tan sólo aquellas.
A amar más a lo mortal
nuestra inclinación nos lleva,
y el bien supremo, la música,
que al nacer se esfuma y vuela,
sólo es soplo, río, tránsito
de melancólica estela,
porque ni al simple latido
del corazón se sujeta,
y se evade y se disipa
nota a nota, apenas suenan.

Así, a lo que fluye y vive
nuestro corazón se entrega
leal y fraternalmente,
no a las cosas duraderas.
Nos cansa lo que perdura
-la roca, el rubí, la estrella-,
nos hechiza lo que cambia:
el viento que hincha las velas,
lo que anda a la par del tiempo
como el rocío en la hierba,
el requiebro de los pájaros,
mortales nubes que juegan,
copos de nieve, arcos-iris,
mariposas que se alejan,
un rumor de risas, algo
que apenas nos roce, encienda
en el alma unos destellos
de alegría o de tristeza.
Amamos lo que entendemos,
lo que se nos asemeja
porque es transitorio: aquello
que el viento escribe en la arena.


Hermann Hesse
(Septiembre de 1947)



Hermann Hesse
(Calw, 1877 - Montagnola, 1962) Novelista alemán que en ocasiones utilizó el seudónimo de Emil Sinclair; obtuvo el premio Nobel en 1946.

jueves, 29 de marzo de 2012

REDESCUBRIENDO LECTURAS



Wu Jingzi
LOS MANDARINES

En el siglo XVIII Wu Jingzi escribió una novela que, salvando las distancias, puede compararse por su intención a la Comedia Humana deBalzac. Una novela que, siendo claramente local, se vuelve universal por la profundidad con la que aborda la psicología del ser humano, su moral, dejando constancia de la grandeza o vileza del mismo según los casos.

“Historia del Bosque de los Letrados”, como también se conoce a “Los mandarines”, viene a ser un retablo de las costumbres de la China de la dinastía Qing, pero especialmente de las vidas de los intelectuales que, más o menos dedicados al estudio, empleaban su vida en prepararse para los distintos exámenes que otorgaban el acceso a los puestos oficiales.“Los mandarines” es una obra extensa en la que aparecen representadas con acierto todas las ambiciones y algunas de las virtudes humanas a través de un sinnúmero de personajes que convierten la obra en una inmensa novela coral cuyos protagonistas aparecen y reaparecen a lo largo de las páginas construyendo un tapiz densísimo pero muy bien urdido

Cada personaje es una historia de abnegación filial, de ambición, de traición, de virtud, de entrega al estudio, de caída en el vicio, cuyo relato se desenvuelve sin embargo con credibilidad puesto que existe en cada uno de ellos una evolución psicológica plausible. Así un hombre irreprochable, tentado por el oro, acepta sustituir al hijo de un rico comerciante en un examen; o un hombre de excelente familia pero algo indolente, decide abandonar todo intento de alcanzar honores y fortuna para dedicarse a vivir la vida junto a su esposa bebiendo vivo y componiendo poesía; o un docto anciano, convencido de que todo es vanidad, renuncia a un puesto en la corte imperial para proseguir con sus estudios en el retiro. Siempre existe en el personaje un rasgo, un motivo, una cualidad que convierte en lógica cada acción que emprende y así la obra se convierte en un perfecto compendio de las razones que mueven al hombre, desvelando su autor con ironía no exenta de tristeza, que virtud existe poca y que, por lo general, todos estamos dispuestos a vendernos o a comprar aquello que deseamos para obtenerlo sin esfuerzo.

Capítulo 1.

Del hombre la vida corre

Por caminos muy dispares,

Y en esto a todos iguala,

Ministros o generales,

Gente del pueblo nacida,

Genios sacros e inmortales

Renacen cien dinastías

Las propias que luego caen,

Y el día en noche se trueca,

Y no hay mortal que lo cambie.

Tumban los vientos del río

Con su bramido irrefrenable

Recios árboles legados

De otros reinos ya distantes.

Famas, honras y riquezas

Sin dejar rastro se evaden

Y el que a ellas se consagra,

Malgasta su vida en balde.

Corra, pues, el vino turbio,

Y hasta el olvido te embriague,

Que nadie sabe el destino

De la mustia flor errante

Abatida sobre el río,

prisionera de su cauce.